Resulta que ese era su verdadero propósito.
En mi mente, la maldije una y mil veces.
¡Maldita! ¡Bien ponzoñosa que si es!
¡Pero ni muerto voy a dejar que se salga con la suya esa condenada!
Apreté con fuerza los dientes y dije con firmeza:
—¡Sigue soñando! No voy a hacer lo que dices, así que mejor lárgate de una vez por todas.
María, sin inmutarse, cruzó tranquila los brazos y me miró con calma.
—¿Estás seguro de que quieres echarme? Recuerda que soy una clienta.
—¡Segurísimo, completa y absolu