No pude evitar pensar: ¿Este gato realmente se atreve a gruñirme? Pues bien, ¿qué tal si yo me aprovecho de su dueña? ¿Tienes los suficientes cojones para competir con eso?
Parece que el gato, furioso por mi provocación, estiró sus patas y me arañó.
Inmediatamente me acerqué a la señora Elara para quejarme: —Señora Elara, este gato no para de hacer travesuras.
—¡Pelusa, qué haces! ¡Bájate de ahí!
La señora Elara, sin dudarlo ni por un segundo, empujó al gato con tanta seguridad, obligándolo a ba