—Cuñada, yo…— tartamudeé, incapaz de decir una palabra, y nervioso me cubrí la cara con la manta.
Sentí que a partir de ese momento jamás podría mirar a mi cuñada con dignidad, eso habia sido simplemente demasiado embarazoso.
Un rato después, sentí cómo mi cuñada retiraba cuidadosa su mano, y luego, absorta, dijo: —La cantidad de esperma que tienes es algo impresionante, si tu hermano tuviera siquiera una décima parte de lo que tienes, no habría estado tan difícil para mí quedar embarazada.
Miré