—Así que, no me vengas con esas pendejadas. Solo te pregunto una vez más, simplemente: ¿vas a ir o no?
¿Acaso tengo otra opción?
Estaba tan furioso que no podía articular una palabra. Me di la vuelta y me fui sin decir nada.
María me siguió con aire triunfante, como si fuera una princesa presumida que acababa de ganar una acalorada discusión.
Y yo, pues, parecía el pobre conductor que no tenía más remedio que solo obedecer sus órdenes.
Esta mujer me tenía completamente bajo su control.
—¿A dónde