—¿Así que solo te quedan poco más de 400 dólares? ¿De verdad estás dispuesto a gastar tanto?
¡Claro que no estaba dispuesto! Cada fibra de mi ser se resistía a esa tonta idea.
—Por favor, ya no sigas mencionándolo. Tomémoslo como una pérdida inevitable, un gasto necesario, ¿de acuerdo?
Con el corazón estrujado y sintiendo que sangraba por dentro, me resigné y fui a pagar la cuenta.
Desde atrás, María me observó mientras me alejaba hacia la caja registradora. Sus ojos, siempre tan fríos,