POV. Adrian
El trayecto hasta la casa de la costa transcurrió en una calma casi sagrada. Dentro del coche, el mundo exterior dejó de existir. No había ni rastro de las sirenas, ni del olor a quemado, ni del eco de la violencia. Solo estábamos nosotros dos, el suave zumbido del motor y el peso reconfortante de la mano de Amelia en la mía. Cada poco minuto, la apretaba, no por miedo, sino como un recordatorio, una comprobación tangible de que estaba a salvo. Cada vez, ella me devolvía el gesto, u