Jorge apretó los puños con fuerza al escuchar esas palabras.
Levantó la mirada y la fijó en los ojos de ella, sin un rastro de remordimiento, como convencido de lo que iba hacer.
—No me divorciaré, a menos que esté muerto, no te quiero perder.
—Jorge... —Ella temblaba de la ira—. No puedes detenerme, y tampoco intentes usar a tu abuelo para amenazarme. Ese es tu abuelo, no el mío. ¿Por qué debería preocuparme por ti, un ser impulsivo y violento?
Amanda recordó cómo, a pesar de estar enferma y ag