—¿Por qué carajos crees que se lo diría? —escupió Dominic, acomodándose los puños de la camisa con total soberbia—. Mi esposa no necesita saber absolutamente nada de lo que yo hago fuera de mi casa.
Rebecca lo miró con absoluta seriedad, mientras un destello de rabia pura brillaba en el fondo de sus ojos. Apretó los dedos con fuerza alrededor de la sábana de la cama, arrugando la tela fina hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Crees que soy estúpida? ¡¿Por qué maldita sea la llamas "