174: La culpa.
En Irlanda, Emma sentía como los vientos se tornaban cada vez mas helados, haciendo que su piel se erizara de miedo, de incertidumbre.
Mirando hacia el interior de aquella acogedora casita de madera, la pelirroja observaba a su padre jugar con su hijo, observaba como todos charlaban amenamente, y observaba como aquella felicidad llenaba su corazón.
Acariciando su vientre, se aferró a la ilusión de una vida pacifica al lado de sus amados, una vida en la que nunca más hubiera espacio para el odio