86. karma instantáneo
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El edificio abandonado olía a óxido, polvo y descomposición. Las ventanas estaban rotas y el viento silbaba entre las paredes resquebrajadas, como si incluso el lugar presintiera lo que estaba por ocurrir.
Efraín apenas podía mantenerse en pie. La droga comenzaba a desvanecerse, pero el golpe seco que uno de los escoltas le había dado minutos antes le impedía enfocar bien. Lo arrastraron hasta el centro del lugar, donde la luz de una lámpara colgante oscilaba sobre su cabeza con un parpadeo