85. Toalla al suelo
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Llegaron al tren fantasma jadeando. Nathaniel se metió sin esperar turno, empujando las cortinas negras. Lo recorrió con linterna en mano junto a dos escoltas. No había nadie.
—¡Leo! ¡Hijo! —gritó una vez más, con la voz quebrada.
Pero entonces, desde una esquina del decorado espeluznante, se escuchó un sollozo.
—¿Papá?
Nathaniel giró bruscamente, con el corazón en la garganta.
—¡Leo! —corrió hasta él, agachándose.
El niño estaba acurrucado tras un ataúd falso, abrazando su mochila.
—Me perd