Apenas los tacones de Isla tocaron el mármol del vestíbulo cuando apareció Elena, como si hubiera estado esperando en la curva de la escalera como un gato en la cornisa. El atrio de la empresa vibraba con los asistentes de la tarde, los becarios, un mensajero con una pila de cajas; pero el aire entre las dos mujeres era tenso como un alambre tenso. Isla se detuvo en seco, con todos los músculos del cuerpo tensos, su rostro como una máscara que intentaba, sin éxito, ocultar la tormenta que se av