Las palabras de Emi salieron como un dardo envenenado, directo al pasado, congelando el aire de la oficina en un segundo.
—Ahora sientes lo que yo sentía cuando te revolcabas con Petra —soltó ella, con una amargura tan profunda que delató el dolor que todavía arrastraba en el alma.
Gabriel se quedó mudo. El golpe bajo le dio justo en el centro del pecho, reviviendo la peor de las mentiras que su padre y Petra Scutaro habían tejido para separarlos hace tres años. Sintió el impulso de gritar, de