Las lágrimas de Emi ya no eran de rabia; eran de pura culpa, un llanto desgarrador que nacía del rincón más oscuro y herido de su conciencia.
—Lo que más me duele de todo esto... —comenzó a decir, con la voz ahogada por un sollozo que le impedía respirar bien— es que algunas noches, llena de dolor y frustración, llegué a sentir odio y decepción de mis padres... por no haber pensado en mi futuro, por haberme dejado desamparada. Saber que sí lo hicieron... que me amaban y que un maldito desgracia