Petra saltó de la silla de golpe, acomodándose el cabello con manos temblorosas y fingiendo una indignación absoluta. Aprovechando el momento para inyectar la cizaña que tanto le gustaba, se paró cerca de Gabriel, señalando a los presentes con el dedo.
—¡Míralos, Gabriel! ¡Mira lo que me hicieron tus sirvientes y tu mujercita! —chilló con la voz fingidamente quebrada—. Me emboscaron, me trajeron a la fuerza, me golpearon y me humillaron en tu propia casa. ¡Esa ciega mandó a este viejo muerto de