Emi caminó con una seguridad asombrosa, guiada por el perfecto conocimiento que tenía de ese espacio, y se sentó con total tranquilidad en la imponente silla de cuero del escritorio de su padre. Cruzó las manos sobre la madera, adoptando la postura de la verdadera dueña de la casona, y le habló a Petra con una frialdad que helaba la sangre.
—Lo sé todo, Petra —sentenció Emi, manteniendo la mirada fija hacia donde escuchaba la respiración agitada de la mujer—. Sé lo que Scutaro le hizo a mis pad