La habitación 52-1 del hospital siempre olía a una mezcla punzante de desinfectante de citronela. Para Emi, ese era el mapa de su tarde: el roce del metal frío de la barandilla, el pitido rítmico del monitor de Lourdes y, lo más importante, la presencia de Gabriel a su lado.
Habían pasado dos semanas desde que hospitalizaron a Lourdes, y lo que empezó como encuentros incómodos, y viajes diarios al hospital, se había convertido en una rutina compartida.
—¡Cuidado con el monitor Emi!—dijo Gabriel