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Capítulo 4 ¿Si sabes cuanto te amo?

Los ojos de Sila se aguaron, su corazón dolía y ardía como nunca, llevó una mano a sus labios mientras observaba a Ali paseando por el jardín con aquella mujer, ¿Quién era? Él se veía tan normal, mientras ella sufría y sufría, no podía entender porque no se preocupaba por ella, de la nada hizo como si ella ya no existiera. Y eso la había rompido como nada, ¿será que ella podía perdonarlo por esto?

Miró sus manos y recordó como había destruido el auto de su cuñado con un madero, aun no podía creer que había hecho eso. Sin pensarlo más se adentró a la propiedad captando la atención de ambas personas que estaban en el patio. Sus ojos se encontraron con las de su esposo quien permaneció neutro, mirándola sin emoción alguna.

Sila avanzó hacia ellos mientras miraba a su esposo a los ojos, cuando estuvo más cerca de ellos desvío sus ojos sobre la mujer que acompañaba a su esposo, estaba ardiendo de celos, estaba que ardía.

–¿Nos dejas un momento, por favor? –pidió Ali, con una sonrisa a la rubia.  

La rubia le sonrió a Sila y se esfumó de entre ellos en silencio.

–Ali –susurró Sila.

–Dime Sila –respondió su esposo seco.

Sila no supo que decir, estaba herida, tan herida que no podía hablar sin llorar, intentó tomar la mano de su esposo mientras lo miraba fijamente a los ojos, recordaba como nada su mirada y el calor de sus manos, como solía siempre entrelazar sus dedos cada vez que le sostenía la mano.

–¿Si sabes cuanto te amo? –preguntó sintiendo una lágrima brotar de su mejilla. –. ¿Por qué me haces esto?

El hombre tomó el rostro de la mujer con ambas manos, después de aquello, era la primera vez que volvía a tocarla de esa manera, y mirarla de esa manera.

–Sila yo te amaba –le dijo con sinceridad, escaneando sus ojos. –. Pero tu lo arruinaste, y aun no logro entender por más que lo intento… –Ali llevó ambas manos a su cabeza de la frustración.  

Sila tragó saliva sintiendo sus ojos aguarse más y más, él seguía empeñado en que ella lo había arruinado, cuando ella solo pensaba en que si por lo menos se había puesto a pensar en lo mucho que ella sufría. Relamió sus labios, si él no quería creerle, ella probaría su inocencia. Su honra y su vida estaban atados a ese hombre.

El sol estaba por ponerse mientras ella caminaba apresurada hacia la casita de campo, el frío viento movía su vestido liso de flores de color verde, de su rostro irradiaba una sonrisa de enamorada, se sentía como si fuera la primera cita, nerviosa, feliz, y sobre todo emocionada. Cuando abrió la puerta de la cabaña por un momento pensó que estaba vacía, sin embargo, no pasaron algunos segundos cuando aquel hombre se apareció frente a ella, frunció el ceño extrañada, se suponía que nadie más conocía de este lugar.

–¿Qué haces aquí? –le preguntó, terminando de adentrarse al pequeño lugar.

–¿No te alegra verme? –preguntó el hombre sonriendo. Sila rodó los ojos. El hombre se acercó a ella. –Con que te casarás, ¿eh? –le dijo en un tono de burla acorralándola contra la puerta.

Sila movió los ojos alrededor, era obvio que Ali no estaba aquí, tragó saliva e intentó escabullirse de la acorralada.

–¿Dónde está Ali? –preguntó caminando hacia el interior. –No respondiste mi pregunta –le recordó sin voltear a verle. Él no respondió, ella volteó para buscarlo con la mirada y estaba justo detrás de ella, de repente empezó a sentirse incomoda, y como era claro que su prometido no estaba ahí decidió marcharse.

–¿A dónde vas? –le preguntó el hombre persiguiéndola hasta afuera, que estaba totalmente desolado.

–Mejor me voy –respondió sin detenerse.

El hombre la tomó del brazo de un jalón deteniendo su caminar.

–¿Hay algún problema conmigo?

Sila se soltó molesta e incómoda, negó con la cabeza y le repitió que mejor se iba, pero estaba él la sostuvo de ambos brazos, y observó sus facciones de cerca, sintió su respiración agitada y era todo un placer para él aquello, acerca su nariz a su cuello aspirando su aroma.

–Sila… –murmuró.

Para ese momento, Sila se encontraba totalmente estupefacta, en medio del campo, este tipo que nunca le cayó bien actuando de esa manera, su corazón dio un vuelco al imaginarse lo peor, aunque no creía que fuera capaz de algo así, por lo que intentaba calmarse, pero ese pensamiento desapareció de su mente cuando sintió una mano en su trasero, rápidamente se espantó, se alejó y le plantó una bofetada.

–¿Qué crees que haces? –le reclamó.

Aquellos ojos eran completamente distintos a los ojos del hombre que le había recibido, y en su cabeza solo podía repetirse la palabra “No” e inconscientemente empezó a hacerlo con la cabeza, antes de que pudiera siquiera intentar correr, de la nada su cuerpo estaba arrojado en el suelo, y por la brusquedad del momento se quedó sin aire por lo fuerte que su cuerpo golpeó con el suelo.

Intentó patear al hombre y arrastrarse, sus uñas se enterraron en la tierra en medio las yerbas, por el momento no le importaba el dolor que podía experimentar con tal de que ese bastardo no la tocara. Alguien tiró de su pierna lo que hizo que ella gritara y empezara a patalear, pero eso solo la estaba cansando.

–Suéltame… –suplico, con la respiración sofocada. –Déjame, no hagas esto, no lo hagas –lloró inclinado la cabeza hacia atrás, intentando alejar los labios del hombre de su cuello.

Sintió como se rompían las tiras de su vestido, y como las manos de ese hombre buscaban devorarla como un animal, ya ni siquiera sentía fuerza para inclinarse hacia atrás en sus intentos de alejarse, su garganta ya estaba seca.

–¡Por favor basta! ¡Detente! –gritó mientras golpeaba con sus manos la cara del hombre, casi entrando sus dedos en sus ojos.

–Sila…

–¡Basta! –exclamó llevando ambas manos a su cabeza, mientras intentaba acurrucase en una esquina. –. Por favor, solo déjame –suplicó, acuchillándose en el suelo.

Sintió unas manos en sus hombros con calidez, frotándolos suavemente con ternura.

–Soy yo –escuchó una suave voz.

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