Adanna
Esa mañana me levanté sobresaltada, con las manos temblorosas y el corazón latiéndome rápido y con intensidad.
No era capaz de probar bocado y caminaba de un lado a otro mientras repasaba el plan en mi mente. Estaba ansiosa. Los nervios me habían formado un nudo en el estómago y hasta había sentido mareos y náuseas.
—Debes comer —me advirtió Camilia—. No puedes darte el lujo de estar débil hoy. Solo lo fingirás, no se supone que sea real.
Asentí, nerviosa.
Intenté comerme la fruta que me