Mundo ficciónIniciar sesiónAdanna
El cielo brillante invitaba a pasear por el campo, recoger flores y tumbar algunos frutos. Tal vez luego me bañaría en el río.
—¿Por qué vienes a pasear sola? —La voz de Iker me exaltó. Él tenía el poder de acelerar mi corazón y de nublar mi mente con su presencia.
—¿Me estás siguiendo? —Levanté una ceja.
—Sí —admitió.
Reí.
—¡Qué sincero! —exclamé divertida y negué con la cabeza, luego busqué esa mirada que siempre me ponía nerviosa—. ¿No tienes entrenamiento hoy? —le pregunté.
—Me escapé para verte —dijo con una risita que me hizo estallar en carcajadas.
Hoy era mi día de descanso, así que no tenía que ir a entrenar ni a las lecciones académicas.
—Si papá te descubre estarás en problemas —le advertí.
Él sonrió.
—Pagaré el precio de estar a tu lado.
—¡Qué labioso! —me burlé y caminé más rápido a propósito.
Él también aumentó la velocidad, entonces corrí. Iker me persiguió mientras yo huía entre risas, pero dado que era más rápido que yo, en cuestión de segundos me atrapó por la cintura y se tiró a la grama conmigo.
Luego empezó a hacerme cosquillas.
—¡Basta! —grité con grandes carcajadas y jadeos de cansancio.
—¡Eres una niña traviesa! —se burló.
—¡No soy una niña! ¡Solo eres dos años mayor que yo! —lo golpeé con palmadas leves sobre sus hombros.
—Dentro de unos meses cumpliré dieciocho. Así que seré un adulto y tú una cachorra mocosa —alardeó, airoso.
—Eso no cambia el hecho de que somos contemporáneos. ¡Ah! —grité de repente, asustando a Iker.
—¿Estás bien? ¿Qué sucedió? —me preguntó agitado mientras se me quitaba de encima. Luego empezó a registrarme.
El terror en sus ojos me conmovió. Iker era tan tierno.
No soporté las ganas de reír.
—¡Qué dramático eres! —abrí los brazos para sentir la suavidad de la grama y miré al cielo, buscando alguna forma linda en las nubes.
Iker se acostó a mi lado e hizo lo mismo.
—¿Por qué gritaste, loca? —me reclamó, ya más relajado.
Pobrecito, de verdad se asustó.
Solté un largo suspiro.
—Porque pensé en algo aterrador —le respondí, y me mordí el labio inferior.
—¿En qué pensaste?
Dudé en hablar.
Mi corazón empezó a latir tan rápido que sentía que colapsaría, sumándole a eso el repentino sudor de mis manos.
El olor a campo, junto con la brisa fresca que contrastaba el calor, me relajaron.
Iker esperaba mi respuesta con paciencia, así que me decidí a hablar, aunque me muriera en el intento.
—Pues... —empecé, y de inmediato sentí la garganta muy seca—. En unos meses tendrás a tu lobo. Eso significa que podrías encontrar a tu mate. —Solté un suspiro—. Me pondré muy celosa. —Hice un puchero.
Hubo un silencio tenso entre nosotros.
Por unos segundos me arrepentí de haberle dicho eso, en especial porque ponía en evidencia mis sentimientos por él.
Me sentí tan avergonzada.
De repente, el calor de su mano envolvió la mía y tuve cosquillas en toda el área.
Su agarre se sentía tan bien como un abrazo o un beso, tan suave como la pluma de una paloma, pero fuerte y seguro como los muros que protegían nuestra manada.
Las cosquillas y el hormigueo no solo estaban en la mano que la suya sostenía, sino que se extendieron a mi estómago. Era como si un grupo de hormigas caminara dentro de mí.
—Tú serás mi mate. Estoy seguro —declaró, y sus palabras aceleraron mi corazón más de lo que ya estaba.
Me limité a sonreír mientras mi mirada seguía clavada en el cielo, pues no me sentí capaz de responderle o mirarlo.
¡Me daba mucha vergüenza!
El momento incómodo se disipó cuando Iker se levantó y me invitó a darme un chapuzón al río. Hicimos una carrera, que por supuesto él ganó.
Nos quitamos la ropa, quedando solo con la interior, y nos pusimos a nadar y jugar con el agua.
Nos encantaba hacer competencia de quién soportaba más en la profundidad, hacer carreras o atacarnos con el agua.
Era muy divertido estar con Iker.
—Me gusta tu compañía. ¿De verdad crees que seamos mates? —le pregunté. Ambos estábamos sentados sobre una roca maciza que daba la impresión de una isla diminuta en el río, o así la veíamos Iker y yo.
Él, recostado hacia atrás, usando sus palmas de soporte, me miró con un brillo peculiar en sus ojos claros.
Por alguna razón, su escrutinio me puso nerviosa, así que me mordí el labio inferior por instinto. Y su mirada se fue directo a mi boca.
—Estoy seguro. Desde siempre lo he sabido, pequeña gruñona. —Sonrió coqueto.
Bajé la mirada y jugué con mis manos. Estaba segura de que tenía la cara roja.
Iker se incorporó y me levantó el mentón. Me perdí en la belleza exótica que poseía.
Él era muy apuesto, el sueño de muchas lobas. ¿De verdad sería mi mate?
De momento me sentí con derecho. Fue cuando mis manos temblorosas le acariciaron el largo y mojado cabello. Él cerró los ojos. Le gustaba que lo tocara.
—Te amo... —me dijo, preso del éxtasis que ambos compartíamos por una caricia simple en su cabellera.
Todo con Iker era muy placentero, hasta chocar hombros.
—Yo también te amo —le respondí y tuve ganas de llorar porque era la primera vez que le decía esto con una connotación romántica.
Ese día descubrí que me había enamorado de él.
Iker atrajo mi rostro al suyo y unió nuestros labios por primera vez.
De repente, el cielo se tornó oscuro y el viento amenazaba con arrancar los árboles. Todo fue tan rápido que estaba confundida, pues mis recuerdos eran diferentes a lo que sucedía ahora.
Un tornado vino hacia nosotros. Nuestras manos se aferraron; sin embargo, Iker fue atrapado por las fuertes brisas y jalado con una violencia que me era difícil soportar.
Luché por mantenerlo conmigo entre gritos y jadeos, pero el tornado se empeñaba en apartarlo de mí y lo hizo.
—Nunca olvides que te amo —fue lo último que dijo antes de ser apartado lejos de mí.
—¡¡Iker!! —desperté, aterrada, con el corazón agitado, la respiración entrecortada y sacudidas vehementes en mi cuerpo.
Estaba tan sudorosa que la sábana se encontraba húmeda.
La oscuridad cubría mi habitación.
Confundida, miré a mi alrededor y mi primer impulso fue ir a ver a Iker; sin embargo, las imágenes que se agolparon en mi cabeza me detuvieron, dejándome congelada en mi lugar.
—Iker marcó a Isa —susurré, entre sollozos y temblores—. El amor de mi vida me traicionó.
Empecé a llorar desconsolada y me hice ovillo en la cama.
Nunca me había sentido tan sola en mi vida. No solo había perdido a papá, ahora también a mi mate, quedando en completo desamparo y rodeada de personas malas que me odiaban.
Personas que se suponía que debían amarme y protegerme.
Algo dentro de mí se encendió.
Nada tenía sentido. Debía haber alguna explicación lógica a todo lo acontecido. No… yo necesitaba saber la verdad. Tenían que decirme qué había pasado realmente.
Con ese impulso me levanté y abrí la puerta de golpe. Entonces, el sonido lejano de la música irrumpió en mi habitación. Risas, conversaciones, murmullos, como si todos celebraran algo importante y yo no estuviera invitada.
No. Algo ahí estaba mal.
Di varios pasos fuera de la habitación y avancé por el pasillo; sin embargo, los pasos y la conversación de dos personas me dejaron congelada. No supe por qué, pero sentí la necesidad de ocultarme, así que me escondí tras una de las columnas.
Lo que vi a continuación me partió el corazón.
Era Iker, con Isa cargada, como lo hacía conmigo. Ella sonreía airosa mientras lo miraba a los ojos. Él le devolvía esa mirada… con anhelo, con deseo. Sus olores estaban mezclados.
Aun así, mi cuerpo reaccionó al aroma de él, aunque estuviera manchado por el de mi hermanastra.
Entonces sucedió algo que terminó de romperme.
Iker se detuvo frente a la puerta de la habitación marital. La que decoramos juntos. La que llenamos de muebles, de planes, de promesas. El lugar donde imaginamos nuestra vida como pareja.
No… él no podía ser tan cruel.
Pero lo fue.
Abrió la puerta y entró con ella.







