Capítulo 3

Adanna

El cielo se oscureció un poco debido a las nubes grises que comenzaron a pasearse de forma repentina. Era curioso, pues el día había empezado soleado y alegre… así como yo.

¿Acaso el cielo me acompañaba en mi desdicha?

—Adanna, ¿qué haces vestida así? —interpeló Isa, ofendida.

¿Era en serio? ¿Ella me reclamaba a mí?

La miré con ironía. Su cinismo era abismal.

—¿Qué hago yo vestida así? Se supone que hoy es el día de mi unión con Iker, y es costumbre llevar el vestido nupcial. Sin embargo, tú estás vestida como yo, al lado de mi mate… y hasta te atreviste a besarlo. Soy yo quien requiere una explicación. ¿Qué diablos está sucediendo?

Miré a Iker, pero él me evadió. ¿Desde cuándo el alfa era un cobarde? ¿Ni siquiera me merecía una simple mirada? ¿Una explicación directo a los ojos?

Luché contra las lágrimas, aferrándome a la esperanza de que todo esto fuera un malentendido, de que no habría necesidad de seguir llorando por esta traición.

Pero era ridículo sentirme así: todo estaba claro ante mis ojos. ¿Por qué me era tan difícil aceptarlo?

—Iker me ama a mí, por ende, seré yo quien ocupe el lugar de luna, ese que le fue negado a mamá por su linaje —dijo ella, como si recitara un discurso ensayado.

Esto era absurdo.

—¿Yo qué tengo que ver con eso? —respondí, intentando mantener la compostura—. Fueron los líderes y los sacerdotes quienes se negaron. Y papá… él guardó ese reconocimiento para su verdadera mate. ¿Me culpas por eso? ¿Usas a mi compañero destinado para vengarte?

Por un momento, creí percibir un movimiento incómodo en Iker. ¿Sería que mis palabras le afectaban? ¿Acaso quedaba alguna esperanza para nosotros?

Yo no tenía dignidad.

«Mata a esa intrusa traidora. No permitas que se robe a nuestro mate», me ordenó mi loba, sedienta de la sangre de Isa.

Sería fácil acabar con su existencia. Me tomaría solo segundos… pero ¿tendría algún valor? Eso no cambiaría la cruda realidad: Iker me había traicionado, él la estaba escogiendo a ella.

—¡Ustedes pueden unirse, marcarse, tener cachorros y vivir su vida como más les venga en gana! —alcé la voz para que todos me escucharan. Mis palabras salieron toscas y firmes, como si no estuviera rota por dentro.

—¡Qué bueno que lo aceptas sin hacer una escena! —espetó mi hermanastra, burlesca—. Sé que te mueres del dolor ahora, pero lo superarás. Al fin y al cabo, eres una mujer ruda, como un hombre, así que no te luce tener pareja ni cachorros.

Sus palabras venenosas me hirvieron la sangre. No quería que me afectaran, pero no podía evitar sentirme insuficiente.

¿Así que Iker quería una mujer delicada? Yo creí serlo para él, porque le mostré mis facetas más frágiles. A él le abrí mi corazón y fui transparente, dejando que viera mis debilidades y miedos.

¿Todo para qué? Para que me cambiara por la persona que siempre me molestó.

Destrozada, con el murmullo de los presentes apuñalándome la espalda, apreté los puños y me mantuve firme y decidida.

Percibí a Dakota detrás de mí, como una guardiana sutil que velaba por sus propios intereses.

—Como dije, ustedes dos pueden hacer lo que deseen… menos aspirar a liderar Luna de Acero. Yo soy la hija legítima del difunto alfa William. Esta es mi herencia. Solo yo gobernaré la manada y ustedes tres… —Me giré, señalando primero a quien fue mi madrastra y luego a ellos—. Ustedes serán exiliados por su traición.

Decir esas palabras quebró lo poco que quedaba intacto dentro de mí. La voz me salió temblorosa, rota… así como lo estaba mi corazón.

Las tres personas más importantes en mi vida me habían apuñalado por la espalda y humillado delante de toda la manada.

Los murmullos crecieron, dejando claro que la traición era algo abominable.

El rostro de Iker lucía incómodo. ¿De verdad esperaba ser apoyado en su traición? ¡Qué imbécil!

—¡Deja tu berrinche, Adanna! —increpó Dakota, con un aire de superioridad que me provocó náuseas—. Iker es el alfa de la manada. Esa fue la voluntad de tu padre. Ha sido él quien nos ha sacado adelante en estos meses de oscuridad. ¿No te basta con verme sufrir la pérdida de mi gran amor? ¿También me arrebatarás esto?

¿También? ¿Acaso me culpaba por la muerte de papá?

Eso fue muy bajo.

Ya bastante culpable me sentía… y ella hundía el dedo en la herida. Para nadie era un secreto que papá murió para salvarme, que ellos perdieron a su alfa —y Dakota a su esposo— porque él puso su vida por la mía durante un ataque que no percibí en el calor de la batalla.

Y mi padre le hizo prometer a Iker que me cuidaría. ¿Era así como cumplía su promesa? ¿Traicionándome?

—¡La hija del alfa tiene razón! —gritó uno de los sacerdotes—. Es ella quien debe ser reclamada como luna. ¡Adanna Rodhe es la heredera del liderazgo! Su sangre es bendita, pues lleva el linaje de los sabios, los fuertes, alfas y lunas puros, y de dones preciados. Si el alfa Iker rompe su relación con ella, otro lobo debería ocupar el cargo de alfa.

Todos comenzaron a proclamar mi derecho a coro, como si hubiesen despertado de aquel letargo en el que el estupor los había sumido.

Mi corazón se sintió cálido y satisfecho.

Quizás la persona que más amaba, y también las dos mujeres a quienes consideré mi familia, me estaban traicionando; sin embargo, todavía contaba con el apoyo de mi gente: aquellos que fueron fieles a mi padre, que me vieron nacer y crecer, y que me acompañaron a luchar por mi manada.

No dejaría que me arrebataran eso, porque sería permitirles llevarse mi historia, mi esencia y mi propósito de vida. Ya había perdido a mi mate, así que me aferraría a lo que me quedaba.

—Yo soy el alfa proclamado por nuestro siempre amado alfa William. He dedicado mi adolescencia y mi adultez a esta manada. Saben bien que sin mí no podrían sostenerse por mucho tiempo —habló Iker al fin, y la frialdad con la que exigió su derecho fue un golpe directo a mi corazón—. Entiendo que nuestra guerrera e hija del difunto alfa esté dolida, pero debe poner los intereses de la manada por encima de sus sentimientos.

No podía creer lo que estaba escuchando.

Luché contra las lágrimas que amenazaban con salir, contra los temblores que me sacudían y la rabia que me provocaba su indiferencia hacia mi dolor.

Peleé contra mí misma, pues no quería darles el gusto de verme débil y destruida, aunque su voz fuera tan afilada como un puñal y me recordara todas las promesas que me había hecho.

«¿Por qué, Iker?», pensé, pero no me atreví a decirlo. Mi orgullo no me lo permitía.

Apreté los puños para no estallar en llanto y lo miré a los ojos, mordaz, acusatoria. Podría jurar que vi un destello de culpa en ellos.

O quizás… era lástima.

—No eres nadie más que un huérfano que mi padre recogió porque no tenía hogar —contrataqué, cegada por la ira y la frustración—. ¿Con qué derecho tomas lo que me pertenece? ¡Tú no eres tan importante!

Quise golpearlo, herirlo… que le doliera como me dolía a mí. Lo odiaba.

Y entonces sucedió. La mano de Dakota chocó con mi cara con fuerza. Esa mujer se atrevió a golpearme… a mí.

En el pasado, la respetaba tanto que no me habría atrevido a alzarle la mano ni siquiera la voz, pero ahora… ¿debía respetarla?

—¿Cómo te atreves a hablarle así al alfa? —me reclamó, indignada. Hipócrita.

—¡El alfa! —me burlé—. Este traidor no es más que basura…

Fui interrumpida por otra cachetada, esta vez de Isa.

Zorra maldita…

—¿Te atreves a pegarme? —le espeté, y mi puño se lanzó contra ella sin medir fuerzas, consciente de que mi golpe le destrozaría la cara. Sin embargo, fue detenido por la mano fuerte de Iker.

El calor de su agarre me quemó la piel, y mi corazón se aceleró al reconocerlo… tantas veces me había tocado así, con cariño o deseo.

Pero ahora lo hacía para defenderla a ella: a mi hermanastra, la mujer con la que me había traicionado.

Lo miré, incrédula y dolida, pero la oscuridad en su expresión me desconcertó.

Su agarre era brusco, nada delicado, y buscaba detenerme a toda costa, aunque eso significara hacerme daño.

¿Y todo para qué? Para defenderla a ella.

¿Necesitaba más pruebas de su devoción? Era obvio que yo no era nadie para él… Isa lo era todo. Para Iker, ella valía tanto que merecía sacrificar su lazo conmigo… su propia mate.

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