Mundo ficciónIniciar sesiónAdanna
Un dolor punzante se me clavó en el pecho, como si fuera traspasada por una espada de gran filo que desgarraba todo mi interior.
Quizás esto era una mala broma de mi hermanastra, quien siempre disfrutaba molestarme.
—¿No es obvio, querida? —La frialdad con que mamá dijo esas palabras rompió algo dentro de mí—. El lugar de luna le corresponde porque es mayor que tú y es mi hija. A mí me negaron el reconocimiento de luna que me pertenecía, pero hoy mi hija lo recuperará.
—Debes entenderme —prosiguió—. Yo me sacrifiqué para criarte, me debes esto. Así que sé buena niña y apoya a tu hermana. Te traje ropa extra, cámbiate en la limusina y ven a celebrar con nosotros.
¿Qué?
¿Escuché bien? ¿Debía cederle mi herencia de luna? No solo eso… ¿esperaba que dejara que mi hermanastra se uniera a mi mate?
Esto debía ser una broma de mal gusto.
—Iker nunca marcaría a Isa, él es mi compañero —dije con voz débil, pues fue lo primero que me vino a la cabeza.
—Yo no estaría tan segura —respondió mamá, con una sonrisa triunfal que me parecía escalofriante y… dolorosa.
Miré al frente, solo para confirmar sus palabras.
De hecho, Iker extendió su mano hacia mi hermanastra, aceptándola como su nueva pareja y… luna.
Ellos unieron sus labios en un beso de confirmación.
Esto no podía ser cierto.
Temblores, sudor frío y sacudidas de terror se apoderaron de mí, y perdí las fuerzas. Entonces caí de rodillas, incrédula y deseando despertar de este horrible sueño.
Porque solo se trataba de una pesadilla, ¿cierto?
Pronto despertaría aliviada, segura de que este momento horrible y nauseabundo no era real.
Iker...
Los recuerdos del pasado se agolparon en mi mente, transportándome al día en que él me prometió que siempre seríamos uno.
—No solo serás mi luna, también la madre de mis cachorros, mi confidente, mi mejor amiga y la persona más importante para mí. Te amo más que a mi vida. Te protegeré por encima de todo.
Su voz se escuchó lejana en mi mente, como un eco débil de una promesa rota.
—¡Qué dramática! —exclamó mamá con sorna y una crueldad que se enterró en mi corazón como dagas afiladas—. ¡Levántate y cámbiate de ropa! Tienes que darle tu bendición a tu hermana. Es tu deber.
Sentí que todo a mi alrededor se tornaba borroso, que el suelo comenzaba a derrumbarse debajo de mis rodillas y que yo caía al vacío.
No. Esto debía tener una explicación.
Todavía sus labios estaban unidos.
La boca que me dio mi primer beso se fundía con la de mi hermanastra en un gesto apasionado y fiero, como si fuera ella a quien deseara.
No lo entendía. ¿Por qué Iker me hacía eso?
—Esto debe tener una explicación —repetí entre sollozos, y escuché el bufido de fastidio de la mujer a quien llamé mamá—. Yo soy la hija legítima del difunto alfa William, quien levantó esta manada junto a mi madre. Iker es mi mate. Yo soy quien debe recibir su marca.
La risa de Dakota me erizó la piel.
Apreté los puños contra la tela de mi vestido y observé a mi hermana e Iker sonreírles a todos.
La mayoría estaba en estado de estupor, intentando asimilar lo que sucedía.
Algo estaba mal aquí, y no me quedaría de brazos cruzados.
Con determinación, me levanté, dispuesta a reclamar lo que por derecho me pertenecía; sin embargo, las manos de quien consideré mi madre se aferraron a mi brazo, amenazantes, bruscas, buscando intimidarme.
¿A mí?
Podría reírme en su cara, pero mi corazón sangraba. Dolía demasiado.
Solo quería llorar y que alguien me explicara qué estaba sucediendo.—No te atrevas a hacer una escena —me advirtió ella, rústica y frívola—. Recoge tu dignidad y haz lo correcto. Es más, puedes irte si para ti es difícil ver la unión entre tu hermana y el alfa. Te lo concedo.
¿Qué? ¿Ahora estaba asustada?
—Suéltame —le ordené, cortante.
—Vete. Déjalos ser felices. ¿Por qué tienes que ser tan egoísta? Ellos se aman, ¿no es obvio?
¿Egoísta? ¿Yo?
Me estaban matando en vida, ¿ahora resultaba que era la villana por no aplaudir mi propia traición?
—¿Se aman? —le respondí, maravillada por su audacia—. Iker es mi mate, y me prometió que su corazón solo latiría por mí. Esto no tiene ningún sentido...
—¡No tenía opción! —me interrumpió, alterada.
Sus manos temblaban tanto que parecía que colapsaría en cualquier momento—. Tú te obsesionaste con él y no lo dejabas en paz con el tema de la unión. Lo hostigabas y manipulabas a tal punto que te dijo lo que querías escuchar, pero su corazón estaba con Isa. Si lo amas, deja que sea feliz.Esta vez reí. La carcajada salió de forma automática, amarga.
¡Esta situación era demasiado ridícula!—Que me lo diga él en mi cara —le respondí, con la misma frialdad con la que me enfrentó, y me solté de su agarre de forma brusca.
No le debía respeto. No después de mostrarme quién era en realidad.
Determinada, caminé en dirección a ellos, y cuando me acerqué, las miradas impactadas y curiosas de los presentes se posaron sobre mí.
Por mi parte, hice contacto visual con Iker.
Sus ojos verdes —antes brillantes, cálidos, míos— estaban apagados. Vacíos.
Una sombra se había instalado en su mirada.
Ya no había promesas allí.
Ni amor.
Ni culpa.
Solo… nada.
Mis labios temblaron, pero no dije una palabra.
Mis ojos hablaban por mí.
Había murmullos, tensión y expectativa en el ambiente, como si todos esperaran un gran espectáculo.
Pero a mí eso poco me importaba.
Solo quería que él —el mismo Iker— me dijera que no me amaba. Que me había reemplazado por mi hermanastra como si yo no tuviera ningún valor para él.
—Dímelo tú, Iker. Ten las agallas. Atrévete a decirme que ya no me amas. Que ella te importa más que yo. Que nunca significó nada lo que fuimos —susurré. Pero mi voz era tan débil que nadie me escuchó.
Me sentí pequeña, sin valor.
Como una hoja seca arrastrada por el viento, llevada al olvido.
No. Necesitaba una explicación…
O quizás aún aguardaba la estúpida esperanza de que él me dijera que cometió un error. Que solo me quería a mí. Que lo perdonara.
Deseé con todas mis fuerzas que todo volviera a ser como antes.
Sin embargo, su mirada —carente de calidez— amenazó esa esperanza ingenua.
Su porte de alfa estoico, la seriedad de sus facciones y el brillo de autoridad en sus ojos me dieron a entender que lo había perdido…
Y que nada volvería a ser igual entre nosotros.Y dolió.
Cuánto dolió.







