Mundo ficciónIniciar sesiónAdanna
Nuestras miradas se encontraron y el silencio nos envolvió. Quizás solo yo vivía ese extraño trance, pero sentí que todo a mi alrededor —junto a los ruidos— se desvanecía.
Y solo éramos Iker y yo.
Me perdí en el profundo y cristalino verde de sus ojos, esos mismos que tanto elogié en nuestros momentos de ocio y escape, cuando aprovechábamos cada segundo extra para estar a solas.
Mi corazón lloró sangre pura.
A pesar de su traición, una parte de mí se negaba a rendirse.
—No te atrevas a tocar a mi luna —me advirtió él, rompiendo el encanto de los restos de esperanza que me quedaban.
Sus palabras dolieron. Mucho. Bajé la mirada, sintiéndome la persona más estúpida.
—¿Tu luna...? —susurré con la voz quebrada—. ¿Qué sucede, Iker? Dime la verdad. ¿Es esto lo que en realidad quieres? ¿Vas a rechazarme?
Sentí terror y mi loba se inquietó dentro de mí.
Ese miedo me llevó a una resolución: Iker nunca me había rechazado ni parecía que lo haría.
¿Por qué Iker no me había rechazado si había escogido a Isa? ¿Cuál era su propósito para ilusionarme? Era tan cruel... ¿Por qué humillarme de esta manera pública, haciéndome creer que me marcaría a mí? ¿No era mejor hablarlo conmigo antes?
—Si no vas a celebrar con nosotros, vete a la casa —demandó Dakota—. Deja de interrumpir la ceremonia de unión.
Negué, maravillada por su cinismo, y mantuve la mirada fija en Iker, como si mi escrutinio pudiera descubrir la verdad oculta en su interior.
Por lo menos merecía una explicación...
—Dime que esta es tu decisión, Iker —insistí. Me estaba jugando la poca dignidad que me quedaba, pero necesitaba asegurarme de que en verdad él era el culpable de esto—. Te estoy dando la oportunidad de que me enfrentes cara a cara y me digas que no me amas, que tu amor verdadero es Isa, pese a que ella siempre te cayó mal y entre ustedes no hay un lazo. ¡Dímelo, Iker, y te dejaré en paz!
Sus ojos brillaron, como si las lágrimas amenazaran con brotar. Vi un leve temblor en sus labios; sus manos se abrieron, inquietas, y su mirada se suavizó un poco.
Mi corazón empezó a latir agitado porque presentí que se abriría a mí. ¿Y si no tenía opción? ¿Y si pudiéramos superar este momento amargo?
Tragué pesado, a la espera de su explicación, pero al parecer no había mucho que decir, o por lo menos no lo que yo esperaba oír.
—Lo siento, Adanna... —Su mirada se oscureció y todo atisbo de esperanza se fragmentó en mí—. Si te decía antes, te hubieras rebelado. Tuve que mantener mi relación con Isa en secreto para no complicar las cosas. Te quiero, pues eres mi pareja destinada y mi mejor amiga; sin embargo, mi corazón pertenece a tu hermana. Ella es... diferente...
Dolía...
Me puse la mano en el pecho para contener el sufrimiento. Mis piernas flaquearon y las lágrimas me mojaron el rostro.
Mi loba rugió, herida y furiosa.
Nunca le perdonaría esta traición a su lobo.
Yo estaba destrozada.
—¡Eres un maldito infeliz! —le di una cachetada. Algunos guardias se pusieron en posición para atacarme, pues golpear al alfa era un crimen.
No obstante, Iker no era el alfa, no por derecho. Ese puesto me pertenecía a mí, la hija de William, el anterior líder de la manada.
—Deja de comportarte como una niña y acepta tu destino. No eres ni serás mi luna, ¡¿por qué no lo entiendes?! —Había tanta frustración en él que estalló con agresividad. ¿Tan ansioso estaba de unirse a esa zorra?
—¡Bien! —accedí—. ¡Me parece perfecto! Ama a Isa y sé feliz con ella, pero fuera de mi manada. ¡Ustedes tres quedan exiliados de Luna de Acero por traición al linaje del alfa William! ¡Fuera de mi manada!
Dakota rio. Cada carcajada de ella era una aguja afilada que traspasaba mi piel.
—La única que será exiliada si no se comporta eres tú. No eres nadie, mocosa malcriada, acéptalo ya.
—¡Se equivoca! —gritó Juar, el sacerdote líder—. Adanna es nuestra líder por herencia. Si ella decide romper el lazo con el alfa Iker, este pierde el liderazgo.
Hubo murmullos entre los presentes, discusiones y menciones de las leyes de la manada.
Levanté el mentón, desafiante, pues no cedería mi lugar.
—¡Ya basta de estupideces! —increpó Iker. Su voz autoritaria hizo un eco potente que nos estremeció a todos.
Era el sonido de un alfa real.
—Yo soy el alfa de esta manada. Isa es mi luna y no permitiré que nadie nos insulte o dude de nuestro lugar en Luna de Acero —escupió Iker, su voz cargada de indignación—. En cuanto a ti —su dedo acusador me apuntó—, deja de hacer ese espectáculo. Ten amor propio y acepta de una vez por todas que no te amo. No permitas que el poco respeto que te tengo se esfume.
Iker...
Estaba tan engañada con él... ¿Cómo es que nunca pude ver el monstruo que era? Si antes lo amaba, ahora lo odiaría.
—Iker, te recha... —No terminé de hablar, pues me quedé rígida en mi lugar ante lo que mis ojos veían.
Todo fue tan repentino...
Los colmillos de lobo de Iker hicieron presencia; sus ojos verdes se tornaron amarillos y brillaron como dos faroles dorados.
Entonces entendí lo que sucedía.
Iker iba a marcarla...
Mi corazón empezó a agitarse, mi cuerpo temblaba con agresividad y el dolor en mi pecho se agudizó. Ya no solo era emocional, también era físico.
—Iker... ¡No! —grité desesperada, pero él jaló a Isa por la cintura y le mordió el cuello—. Esa era mi marca... —balbuceé, muy débil, y las lágrimas desbordaban por mi rostro.
Perdí las fuerzas y caí de rodillas ante ellos.
¿Podría sentirme más humillada que esto?
Iker me destruyó y nunca se lo perdonaría.
Mi cuerpo fue atacado por un dolor punzante y sentí que me desgarraba por dentro. Sudores fríos cubrieron mi piel y mi loba empezó a aullar hasta que, de repente, ella se desvaneció.
Yo también quería desaparecer. No podía soportar tanto dolor.
Noté que Iker se tambaleó, como si su cuerpo también sintiera los sufrimientos que marcar a otra persona le causaba.
¿Por qué lo hacía si todavía estábamos atados por la naturaleza? ¿Por qué no me rechazó primero?
—¡¡Ah!! —grité desesperada y miré por encima de mí como la gran masoquista que era.
Allí estaba él, con la sangre de Isa en su boca, sus ojos brillando y su cuerpo sufriendo la traición.
Y ella, mi hermanastra, la persona que quise a pesar de que era brusca conmigo, con quien intenté tener una relación por encima de sus maltratos y palabras pasivo-agresivas, sonreía airosa mientras acariciaba la marca roja que se había formado en su cuello.
Yo debía estar llevando esa cicatriz ahora, no ella.
Mi cuerpo no soportó tanto dolor. Mis sacudidas se convirtieron en convulsiones violentas hasta que caí al suelo.
No supe si me golpeé o no, solo que perdí el control de mi cuerpo y todo se tornó oscuro, hasta que dejé de escuchar los murmullos, de oler la sangre de Isa mezclada con el perfume a cítricos y madera de mi mate y de sentir en su totalidad.
Ojalá me haya muerto y así no tener que ver a mi hermanastra vivir feliz con todo lo que era mío y ella me robó.







