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Adanna
El sol brillaba con entusiasmo sobre la manada Luna de Acero, como si celebrara el gran acontecimiento que se llevaría a cabo.
Yo, Adanna Rodhe, hija del difunto alfa William Rodhe, tomaría mi lugar como luna junto a mi amado mate, Iker Grayson, hijo de quien fue el mejor amigo de mi padre y alfa de la destruida manada Fuego Azul.
—¿Señorita, o debería decir «Luna»? —Reen, una de las criadas que me estaba haciendo el maquillaje, soltó una risita traviesa—. Está quedando hermosa. El alfa Iker estará encantado cuando la vea. Usted rara vez usa maquillaje y vestidos.
Sentí eso como una reprensión, pero me limité a sonreír. Yo me crie en medio de guerreros, con una espada de madera en las manos y jugando a las guerras. Por lo tanto, se podían contar las veces que me arreglaba como las demás chicas de mi edad.
Solté un suspiro y volví a sonreír. La verdad era que estaba ansiosa por que Iker me viera con el vestuario tradicional de unión. Había soñado con este día desde antes de saber que éramos compañeros destinados. Y por fin llegó. Era hoy. Iker me reclamaría, y yo a él.
Toda la abstinencia valdría la pena porque seríamos inseparables una vez nos marcáramos.
Quería gritar, saltar, danzar, pero debía mantener la compostura delante de mis subordinadas. Desde hoy sería su luna de manera oficial; por lo tanto, tenía que actuar con prudencia.
Y, pese a que mi corazón se sentía inflado de felicidad, también había temblores en mis manos y piernas, y por ratos, un leve escalofrío me recorría por completo, como si fuera una corriente que me advirtiera... como esa espinita molesta que se empeñaba en empañar este momento tan especial.
Solo esperaba que se tratara de los nervios.
—¡Listo! —anunció Reen, ufana de sus resultados.
Casi lloré cuando vi mi reflejo en el espejo. ¿Esta era yo? Me veía espectacular. Jamás me hubiera imaginado que un maquillaje elaborado me hiciera ver tan delicada y hermosa.
Yo no era fea, pero me la pasaba vestida como guerrera o con ropa deportiva, así que no mostraba lo mejor de mis atributos de mujer.
Con lágrimas luchando por caer y dañar mi maquillaje, acaricié la suave tela de mi vestido blanco con detalles de oro. Sí, era oro real.
Mi cabeza estaba adornada con una corona dorada con piedras de diamante, recogiendo parte de mi cabello. Sobre mi rostro caían varios mechones rizados y, detrás, mi cabellera lacia y negra se derramaba sobre toda mi espalda.
Sonreí a mi reflejo, solté un suspiro y, con pasos nerviosos, salí de la habitación, no sin antes darle una última mirada.
Aquí pasé mis veintitrés años de vida. Sobre esa cama lloré y reí; también soñé con mi futuro junto a Iker, mi amado mate.
Estaba feliz y entusiasmada por ocupar la nueva habitación marital que compartiríamos él y yo desde este día; sin embargo, sentía un pequeño amargor al despedirme de mi habitación de soltera.
Suponía que era normal.
Avancé por el largo pasillo y bajé las escaleras. Con cada paso, sentía que el estómago se me apretaba y que podía marearme si caminaba muy rápido.
En la sala, había sirvientes bien vestidos que me hacían una reverencia, y en medio de ellos estaba mi madrastra, Dakota.
Sus ojos, llenos de felicidad y satisfacción, se encontraron con los míos y no pude evitar sonreír. Perdí a mi madre cuando era una niña, por lo que Dakota había sido mi figura materna desde entonces.
—¡Qué hermosa estás! —exclamó ella con felicidad desbordante y esa sonrisa dulce que me derretía el corazón.
—Gracias, mamá —le respondí, sonrojada, y bajé las escaleras con un poco de prisa, pues necesitaba sus brazos para calmar los nervios que me consumían.
Ella me recibió como siempre, con mucho amor. Sentí que era fuerte de nuevo, que podía entregarme a Iker sin miedos.
Mamá me agarró de las manos y no me las soltó. Eso fue reconfortante.
En el vehículo, me extrañé porque Isa, mi hermanastra, no estaba en la limusina que nos transportaría. ¿Acaso no asistiría a mi unión?
—Ella ya está en el lugar de la ceremonia —comentó mamá al notar la interrogante en mi rostro.
Asentí, aliviada, y solté un largo suspiro. Pese a que Isa y yo no éramos muy cercanas y ella siempre se mostró brusca conmigo, la consideraba mi hermana. Así que, para mí, era importante tenerla en mi unión y contar con su apoyo.
Mi corazón dio un brinco cuando llegamos al valle que estaba entre las dos montañas sagradas. Estas eran de color rosa y violeta, pues sus árboles poseían ese tono. Aquí se hacían las uniones importantes de la manada; también se repartían los cargos más influyentes.
Cuando salí del vehículo, solté un largo suspiro y sentí la necesidad de llorar al ver a tantas personas reunidas, pero me contuve. En su lugar, brindé mi más cálida sonrisa.
Fruncí el ceño cuando no escuché mi anuncio. Era como si no hubiera llegado nadie. ¿Qué sucedía? ¿Acaso el vocero no fue informado de mi llegada?
Apreté las manos para controlar los temblores y me percaté de lo sudadas que estaban. No quería recibir a Iker con las manos húmedas, así que saqué un pequeño pañuelo que Reen colocó en un bolsillo secreto que tenía mi vestido elegante y que pasaba desapercibido para los demás.
Solté un largo suspiro y miré a mamá, buscando esa calma que necesitaba.
—¿Por qué tardan en anunciarme? —le pregunté; mi voz salió temblorosa—. ¿Debo caminar ya hacia ellos o debo esperar? —añadí, entre confundida y ansiosa.
Había un presentimiento extraño que me angustiaba.
Mamá sonrió, pero esta vez ese gesto me supo amargo. ¿Por qué?
—Espera un poco más, querida. Pronto anunciarán que llegó la nueva luna, y entonces será el momento indicado —trató de tranquilizarme, pero sus palabras revolvieron algo negativo en mí.
¿Qué me sucedía?
Entonces lo vi. Con su armadura negra y elegante, esa que usaba para eventos especiales. Era ligera y resaltaba su porte varonil, fuerte e intimidante.
Iker era muy apuesto y resaltaba entre los demás lobos de la manada. Él era de un linaje de sangre distinto, y así lo demostraba su apariencia. Mientras nosotros teníamos el cabello oscuro y ojos marrones o negros, él lucía una cabellera rubia como el oro, de hebras finas y largas.
Sus ojos eran como jades: verdes, claros y hermosos. Sus labios, rosados pálido, llenos y atractivos. Y su piel era más clara que la nuestra, aunque un poco bronceada por el sol.
Iker era el dueño de los suspiros, el favorito, el deseado por muchas, porque para nosotros era exótico.
Y ese hombre era mi mate. Solo mío. ¿Podría sentirme más afortunada?
Los latidos de mi corazón aumentaron cuando él se colocó frente a los líderes y sacerdotes de la manada, y la gente hizo reverencia.
Era el momento.
Música sagrada se escuchó en todo el lugar y sentí que me mareaba. Ya iba a suceder. Me uniría al amor de mi vida.
La brisa fresca de la montaña levantaba pequeños pétalos blancos, rosados y violetas, y ese perfume natural y agradable se regaba por doquier, mientras la música tenue hacía de este momento el más perfecto y maravilloso.
Suspiré, porque era mi turno, pero la mano de mamá me sostuvo del brazo izquierdo, deteniéndome.
—Espera, querida —dijo con calma y esa sonrisa de victoria que me hizo suspirar, pues me dio un poco de calma.
Me quedé esperando algún discurso maternal, pero su silencio me empezó a angustiar.
Alguien anunció a la luna y la música cambió a una triunfal, mientras las personas empezaron a aplaudir, como era costumbre en nuestra manada.
Solté un suspiro y miré al frente para ir hacia Iker; sin embargo, ocurría algo que me dejó paralizada. Mi corazón se desgarraba con cada paso que ella avanzaba, y la confusión me dejó sin palabras.
Fue cuando ella llegó hacia él que entendí lo que sucedía, pero todavía estaba pasmada y un poco atolondrada.
—¿Por qué Isa está vestida como yo? —pregunté, en estado de negación.







