Adanna
No…
Iker no…
—¡Iker! —vociferé con todas mis fuerzas y jalé las riendas.
No podía creer lo que sucedía; no podía aceptarlo.
Un escalofrío me recorrió por completo y mi piel se tornó gélida.
Los vellos se me erizaron, los ojos me ardían y las lágrimas salían sin control mientras mi corazón palpitaba con tal vehemencia que sentí que empezaba a sofocarme y la respiración me fallaba.
—No… Iker, no. ¡Iker! —grité.
Llegué al borde en un santiamén y me tiré del caballo.
De inmediato miré hacia