Adrian no gritó.
No se movió.
No respiró.
Porque lo que sentía no era solo una presencia.
Era peso.
Algo apoyado sobre él.
Algo… que lo conocía.
—
—Ahora sí recuerdas.
La voz no vino de afuera.
Vino de dentro.
Como si hubiera estado ahí siempre, esperando el momento exacto para hablar.
Lila dio un paso atrás, con el arma temblando.
—Adrian… —susurró—. ¿Qué está pasando?
Él no respondió.
Sus ojos estaban fijos en el vacío.
Pero no veía la habitación.
Veía eso.
—
El pasillo.
Otra vez.
Más claro.