Ayo no escribió de inmediato.
Esa fue la primera señal de que algo estaba cambiando.
Antes, el impulso venía solo. Automático. Como si la mano no pidiera permiso.
Ahora… dudaba.
La pluma suspendida sobre el papel parecía pesar más de lo normal, como si el acto de escribir hubiera adquirido consecuencias físicas.
El expediente seguía abierto.
Las páginas no estaban quietas.
Se movían ligeramente, como si respiraran en sincronía con el espacio.
El otro Ayo ya no estaba visible.
Pero Ayo sentía su