El cierre de la puerta no hizo ruido.
Eso fue lo más inquietante.
No hubo golpe, ni eco, ni sensación de final.
Solo una ausencia repentina de posibilidad, como si el mundo hubiera decidido que esa opción nunca existió.
Ayo se quedó mirando el punto donde la puerta había estado.
Pero ya no había pared.
Ni puerta.
Ni pasillo.
Solo una superficie lisa, como si el edificio hubiera borrado su propia decisión de mostrarse.
El otro Ayo seguía a su lado.
Quieto.
Observándolo como si esperara una reacc