El edificio dejó de fingir que era un edificio.
Ayo lo sintió en la forma en que el aire cambió otra vez, como si las paredes hubieran aprendido a respirar.
Ya no había pasillos claros.
Solo continuidad.
Como si el espacio hubiera decidido doblarse sobre sí mismo para que él nunca encontrara una salida real, solo variaciones del mismo lugar.
Ayo caminaba, pero no avanzaba.
Eso lo entendió después de un rato.
El mismo cartel de “Salida” aparecía cada pocos metros, siempre un poco más desgastado