Ayo no volvió a mirar atrás.
No porque no quisiera.
Sino porque algo en él le decía que mirar atrás era aceptar que aquello era real.
Y si era real… entonces ya no había forma de salir.
El pasillo del edificio seguía igual de limpio, igual de silencioso, igual de incorrecto.
Las luces fluorescentes parpadeaban a intervalos irregulares, como si estuvieran intentando comunicarse en un lenguaje que nadie había enseñado a leer.
Ayo caminó sin rumbo fijo durante unos segundos.
Luego entendió algo si