68. La cúspide del placer
Carlo
Vibré ante la imagen que tuve de Gia sobre la cama, debajo de mí. Mechones de cabello rubio cubrían parte de sus mejillas ruborizadas. Joder, que preciosa era. Gozaba de una belleza inigualable.
Me deslicé hacia abajo y alcancé una de sus piernas. Ella me observó embelesada mientras yo recorría a besos cada una de ellas. Sus dedos se enterraron en la manga de mi camisa y estrujó la tela con la necesidad de deshacerse de ella. No pude perder detalle de sus ojos azules ni en la forma en la