Gisela se levantó de inmediato dispuesta a enfrentar a su marido y a su hija. Pero antes de que pudiera llegar a la puerta, esta se abrió repentinamente.
Iván entró con el rostro endurecido cerrando con fuerza la puerta.
—¿Era realmente necesario humillarla otra vez durante el desayuno?
Gisela levantó lentamente la vista.
—¿De qué gilipollez me hablas?
—Sabes perfectamente a lo qué me refiero. ¿Cómo puedes ser capaz de decirle que no volverá a caminar, joder?
—Lo único que hice fue deci