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La felicidad de aquel maravilloso fin de semana quedó atrás apenas Maximiliano llegó a su casa, no solo por el montón de papeleo que encontró esperando por él en la mesa de su despacho sino porque su querido suegro había llamado un millón de veces a la casa tratando de encontrarlo durante todo el fin de semana.
Hanna, por su parte, se encargó de llevar Jhony a casa de su esposo. La molestia en el rostro de su marido le hizo querer realmente mandarlo al infierno, pero debía conservar la calma,