Todo estaba yendo bien, Maximiliano terminó de fregar los trastes de la cocina y bebió lo que le quedaba de vino en su copa. Sus ojos se movieron por aquella casa en la que jamás le había permitido a Tiffany estar y se preguntó si podría quedarse en aquel lugar para siempre. Sus ojos se movieron hacia el anillo de matrimonio que llevaba en su dedo.
Habían sido años llevándolo como un grillete que le impedía ser feliz, sin embargo, gracias a dicho grillete parecía haber encontrado su felicidad.