CAPÍTULO 37

Narrado por Myra

El silencio en la mesa no es silencio.

Es una amenaza contenida, una cuerda tensada entre gargantas que no se atreven a soltar el aire. El sonido de los cubiertos apenas existe. El pan cruje como un pecado. Y yo… yo mastico sin sabor, con el cuerpo sentado al lado de Eryon, pero con el alma hundida en un calabozo frío.

Dormí con él.

“Dormí” es una palabra demasiado amable para lo que fue.

Su brazo me rodeó, sí… pero era un abrazo rígido, como si incluso en la oscuridad tuviera miedo de tocar algo que pudiera desmoronarse. Su respiración estuvo ahí, pegada a mi nuca. Su calor, presente. Y aun así, la cama se sintió más grande que nunca. Más vacía. Más fría.

Porque cada vez que cerraba los ojos veía el jardín, veía a Aria arrojando a Evelyn al suelo como si fuera basura, veía sus manos temblando, su mirada perdida… y luego el sonido de esa puerta cerrándose en el calabozo.

Mi hermana.

En este mundo.

Con lobos que la odian sin conocerla.

Me duele el pecho. Me duele la e
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