CAPÍTULO 36

La campana todavía vibra en el aire cuando la veo caer.

Aria la arroja al suelo como si fuera un saco de carne inútil.

El cuerpo de la mujer se golpea contra el pasto húmedo y un murmullo recorre el jardín, rápido, venenoso. Betas tensos. Omegas detrás de las ventanas. Ojos curiosos que huelen la tragedia antes de verla.

Lo peor no es la humana.

Lo peor es mi Luna.

Selara se queda petrificada, la sangre abandonándole el rostro. Sus pupilas se dilatan de una forma que no entiendo.

Anoche, Selara me dijo que me amaba.

Anoche, su cuerpo me eligió.

Anoche, por primera vez, la sentí mía sin fantasmas.

Y ahora, esta mañana, la realidad llega con botas de guerra y una humana sangrando en mi jardín.

Aria alza la barbilla, firme, ejecutora.

—La encontramos cerca del límite —informa—. Cruzó como si el muro fuera aire.

Eso no es posible.

O no debería.

La manada mira esperando mi sentencia. El Alfa no se detiene a dudar. El Alfa decide.

—Al calabozo —ordeno.

Las palabras salen frías. Los betas a
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