El ático estaba demasiado silencioso, el tipo de silencio que presionaba contra los tímpanos y hacía que cada respiración sonara demasiado fuerte. Rose estaba sentada en el sofá de cuero, Maya a su lado, envuelta en una manta que tragaba su pequeña figura, haciéndola lucir más joven, más frágil de lo que jamás había lucido.
Richmond estaba de pie junto a la ventana, teléfono presionado contra su oreja, voz baja y cortante, dando órdenes a alguien sobre grabaciones de seguridad, sobre limpiar la