Dos días.
Ese era el tiempo que Richmond había mantenido las distancias.
Dos días tranquilos y deliberados de reuniones, llamadas telefónicas y trabajo innecesario. Cualquier cosa con tal de no mirarla.
Rose.
La veía cuando no lo miraba. La forma en que apretaba el bolígrafo con más fuerza. Su eficiencia no había flaqueado, pero algo más sí. Había silencio en sus ojos. El mismo silencio en los suyos.
El viaje a tierra firme debía terminar las cosas con buen pie. Primero los negocios. Después el