El reloj marcaba las 11:47. Trece minutos.
Rose se quedó mirando el edificio. Tres pisos. De ladrillo. Ventanas con rejas a modo de decoración. Parecía un hotel elegante si uno entrecerraba los ojos. Si no lo supieras.
—Rose —la voz de Richmond interrumpió sus pensamientos—. Última oportunidad. Puedes esperar aquí.
—No —respondió con terquedad; había llegado hasta aquí.
—Rose… —parecía preocupado y molesto—. He dicho que no. —Ella se giró para mirarlo—. Ya hablamos de esto. —Sacó algo de la gua