Lo primero que sintió Rose fue un dolor agudo e insistente, que irradiaba desde la sien hasta la mandíbula, instalándose en sus huesos como algo que siempre había vivido allí y acababa de despertar.
Lo segundo fue el olor, antiséptico y estéril, de esos que le decían que estaba en un hospital antes incluso de abrir los ojos, antes incluso de intentar recordar por qué.
Forzó los párpados a abrirse lentamente, la luz atravesándole las pupilas como agujas. El techo sobre ella era blanco, demasiado