«¿Crees que por quedarte callada dejaré de dudar de ti, Elena?», la voz ronca de Alessandro rompió el aire de la habitación, cargado con el aroma a whisky y la tensión acumulada.
Elena no retrocedió más. Su espalda ya estaba contra el borde de la enorme cama con remates dorados. Respiraba con agitación, sintiendo las yemas de los dedos de su esposo rozar su mandíbula con una presión fría y exigente.
«No me queda nada más que esconderte, Alessandro», respondió Elena con la voz ligeramente temblo