La declaración de Eric flotó en el aire viciado de la suite como una sentencia dictada por un rey absolutista. «Vine a llevarme lo que es mío».
El silencio que siguió fue tan denso que se podía escuchar el repiqueteo de la lluvia golpeando los ventanales destrozados. En la penumbra, iluminada solo por los haces erráticos de las linternas tácticas, las miradas de los tres colisionaron.
Elliot no se inmutó. Sus músculos, tensos y adoloridos por el esfuerzo sobrehumano de forzar las puertas del bú