La tormenta de la noche anterior había cedido paso a una neblina densa y gélida que envolvía la casa de seguridad en un abrazo fantasmal. A través del ventanal del salón principal, los altos pinos del bosque parecían centinelas mudos, vigilando un refugio que, por primera vez en horas, respiraba en silencio.
Sofía estaba de pie frente al cristal, con una taza de café humeante entre las manos. Llevaba una camisa de franela oscura que le quedaba grande —una de las de Elliot— y su cabello caía sob