82. La noche de las bestias.
El suelo está cubierto de cenizas y escombros. La granja quedó atrás, reducida a un montón de maderas humeantes y el eco de disparos que se mezclan con los aullidos distantes. Rita y yo avanzamos entre las sombras, con los músculos agarrotados y el aire pesado de pólvora y sudor seco.
La cacería sigue. No hay escapatoria.
Rita se tambalea a mi lado. La sostengo antes de que caiga.
—No puedo más… —jadea, con la frente perlada de sudor.
Mi instinto me dice que la cargue y siga corriendo, pero mi