59. Porque no siempre fue así.
El mundo se reduce a la daga en el suelo.
A Rita, arrodillada, respirando con dificultad pero con la mirada intacta.
A Natan, parado frente a mí, esperando mi respuesta como si esto fuera solo un juego más.
Y a mí.
A la furia que me quema la sangre, a la impotencia que me corroe las entrañas, a la maldita sensación de vacío que me hunde más que cualquier herida.
Porque lo entiendo.
Este es el final de todo.
El punto en el que no hay retorno.
Si tomo la daga, pierdo. Si no lo hago, también.
Nata