Luna
Cuando él se fue, me acompañó hasta la puerta. Nos quedamos allí, apoyados en el marco, el final de la tarde pintándolo todo de dorado.
—No tenías que hacer esto —dije yo.
—Sé que no tenía que hacerlo. Pero quise —respondió él.
—Mis abuelos están en shock —me reí, sin gracia.
—Ellos se van a acostumbrar. Y yo voy a seguir viniendo —dijo él, firme.
Lo miré, intentando entender lo que pasaba por la cabeza de ese hombre. Siempre tan cerrado, tan duro. Y ahora allí, en la puerta de mi casa, pi