Alejandro no recordaba haberse dormido. Pero de repente, estaba allí.
El jardín de su infancia se extendía a su alrededor como un sueño hecho realidad. Los jazmines, más altos y frondosos que en la realidad, se mecían con un viento que no enfriaba, solo acariciaba. No había sol, pero todo estaba iluminado por una luz dorada que parecía venir de todas partes y de ninguna. Las flores despedían un perfume tan intenso que casi podía saborearlo. El lago, de un azul tan profundo que dolía mirarlo, re