El psicólogo de la Red se llamaba Martín. Era un hombre de unos cincuenta años, de cabello cano y barba recortada, con una voz tan suave que parecía flotar en el aire. Tenía los ojos claros, de un azul desvaído que recordaba el cielo después de la tormenta, y las manos grandes, con dedos largos que parecían estar siempre en movimiento, trazando figuras invisibles mientras escuchaba. Antonia lo había elegido personalmente, después de revisar los expedientes de media docena de profesionales. Habí