—Entonces iré contigo —aseguró Leah.
Quería ir solo, despejarme y olvidar muchas cosas, pero no fui capaz de decírselo.
—Está bien —asentí con la cabeza. Me removí en mi lugar y ella se levantó—. Dame quince minutos y nos vamos.
Leah se terminó de poner de pie y me guiñó un ojo.
—Voy al baño y luego te esperaré abajo.
La vi caminar desnuda hacia el baño y yo me quedé observando el gran ventanal que tenía enfrente.
Apoyé una mano contra el vidrio frío.
Mi madre tenía razón: la luna estaba h