123. Devorandola
Max
El sabor a sal de sus lágrimas se mezcla con la calidez abrasadoramente dulce de su boca, y en menos de un segundo, pierdo el puto control de mi propia existencia.
Mis manos, que se suponía debían ser un ancla de pura contención profesional, se clavan en la delicadeza de su cintura con una fuerza casi violenta, posesiva, hundiéndose en la tela vieja de su blusa. Siento el espasmo de su respiración entrecortada contra mi pecho, la forma en que sus dedos pequeños se enredan con desesperación